¿Ser “la amante” es falta de amor propio?

Antes de que su cerebro de una respuesta inmediata y omita un juicio al respecto, debe tener en cuenta que existen varios tipos de amantes; aquella que desconoce el hecho de que es el segundo plato de esa mesa, la que tiene conocimiento de una tercera parte y se queda en este rol esperando a que se oficialice su situación, aquella que tiene fines netamente económicos, y la que, ya sea por que ya tiene su propio matrimonio, o por que no quiere volverse a enamorar, su intención es quedarse permanentemente en la penumbra de la clandestinidad.

Normalmente, solemos concluir que la amante es simplemente una persona cuya reputación son las primeras seis letras de esa palabra (como bien lo dice Arjona), pero también se sabe que, así como estas relaciones comienzan basadas únicamente en el placer, también existen casos (pocos) en los que se desarrollan sentimientos reales y sinceros; a mi parecer, un amorío nace netamente del deseo, ya sea este carnal o simplemente el poder que brinda el poseer a la otra persona, pero la cuestión realmente vendría siendo… ¿el simple hecho de que deseemos algo hace que llevemos nuestro amor propio a la inexistencia?

La lógica nos indica que, en efecto, el tomar las sobras que nos ofrece una persona y convertirlas en nuestro estatus oficial sentimental, indica que nuestros niveles de autoestima están cerca del centro de la tierra y nuestros niveles de desesperación se van acercando a la estratosfera; pues nos rebajamos hasta el punto de permitir que ese amor nos lleve a un plano completamente clandestino, donde el beneficio y ventaja es solo para una de las partes; hasta este punto se podría decir que la incógnita esta resuelta; pero si llevamos la pregunta en cuestión, hacia aquella personas cuyo deseo es la falta de compromiso total, y dedicar su vida netamente al placer de un rato, no se podría concluir con tanta ligereza que realmente no se aman a si mismas. Si miramos la definición de amor propio, la cual indica que “el amor propio implica que se ha establecido un diálogo interior satisfactorio y positivo que desemboca en nuestra aceptación personal”,se podría inferir que el estilo de vida que llevan estas personas es simplemente el resultado del dialogo interno que tuvieron con si mismas.

Por otro lado, no se pueden incluir en la canasta de lo inmoral, a aquellas personas que desconocen el compromiso que ya tiene su pareja; pues durante el tiempo que tienen la venda en sus ojos, desarrollan y evolucionan sus sentimientos como lo hace cualquier ser humano; se enamoran, construyen ilusiones sobre un futuro juntos, fabrican un apego emocional hacia el otro; por lo tanto, cuando llega la devastadora noticia, no es tan fácil sacar el estandarte de “yo me amo”, y hacer lo correcto; en este tipo de relaciones las emociones dominan, sin mencionar los recuerdos de plena felicidad que se experimentaron al lado del otro; y es justo en este punto cuando aparece el dilema entre “luchen por el amor que se tienen” y el “alguien que ama a dos no ama a nadie (ni a si mismo)”.

En efecto, la autoestima nos puede guiar a escoger la opción correcta y acabar con todo de raíz; pero los sentimientos, los recuerdos, las ilusiones y el enamoramiento sincero, nos pueden llevar a una travesía al estilo Don Quijote, que puede o no tener un final feliz, a final de cuentas bien dicen “casarse con la amante es como echarle sal al postre”

En cualquiera que sea el caso, la amante es un placentero dolor de cabeza para la persona comprometida, pues este debe cumplir, diariamente y con la disciplina de un soldado japones, con complejas tareas como lo es el inventar a su pareja historias creíbles, ser esclavo del reloj, mantener una actuación digna de un premio Oscar los 7 días a la semana, entre otras cosas; sin duda alguna los amoríos aun siguen siendo mal vistos ante la sociedad, de alguna forma llegamos a ser una generación que aplaude las rupturas amorosas y juzga a los que luchan por el amor; pero si ser la amante es o no falta de amor propio, la respuesta solo queda a juicio de usted mi querido lector.

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