El placer oculto de renunciar

Hay que admitirlo, nos encanta renunciar. El otro día mientras realizaba la promoción de un evento, me di cuenta que una de las imágenes que utilice (la cual era referente a una renuncia) fue la que mayor likes obtuvo y la que a fin de cuenta, atrajo a más asistentes al evento. No importa si vemos nueve millones de frases e historia motivadoras que nos expliquen lo gratificante que es el NO renunciar, ¡nos fascina! Nos sentimos libres y renovados al hacerlo, solo hace falta una señal —cualquiera— que nos diga que lo mejor es renunciar y nos abalanzamos al vacío sin pensarlo dos veces. Pero en verdad no tenemos ni idea del daño colateral, y en algunos casos el propio, que causa semejante decisión.

Es natural el deseo de salir corriendo cuando tu trabajo apesta. Yo misma lo he vivido: no soportamos estar un día más en ese lugar, aguantado los gritos, las ofensas y burlas que brinda el ambiente, y no podemos dejar a un lado la generosa limosna a la cual llamamos «salario». Pero el estar plenamente enfocados en esta realidad es lo que nos ciega de las consecuencias: el pedir dinero prestado, el no poder salir de viaje a un lugar decente, el esconderse de las llamadas del banco, comer en McDonalds en vez de TGI, etc., son solo algunos de los inconvenientes que se presentan posterior a una renuncia. Amenos que vengas de una familia que posea empresas cuyo nombre lleve tu apellido, o que ya tengas la estabilidad económica suficiente para montar una propia, ese trabajo que apesta es el escalón roto para poder subir, es el que hace que realmente definas tu vocación. Pues una vez que se está en el infierno se tiene una idea más clara de que te gustaría ver como paraíso. Y no permitas que la arquitectura y la decoración lujosa te engañe: los trabajos a los que más rápido he renunciado han sido lugares que parecen sacados de una película de Hollywood, con chismes, enemigos y tareas incumplibles incluidos en el contrato.

Nuestro ámbito laboral no es a lo único a lo que renunciamos; no podemos dejar a un lado aquellas situaciones en las relaciones de pareja; está totalmente IN, TREND, etc., el renunciar al amor por cualquier excusa que se nos presente: si nos encanta el chocolate, y el amor de nuestras vidas no consume azúcar, no lo pensamos dos veces para dar por terminada la relación, alegando que en un futuro esto será altamente perjudicial para la pareja y terminara siendo causal de divorcio. ¿En dónde quedo esa bonita frase de complementarse el uno al otro? La idea es que cuando por algún motivo le regalen dulces, tú te los comas; así como su modo de vida light ayude con tus niveles de azúcar en tu dieta diaria. Pero esa no es la única excusa que existe, es más probable recibir las felicitaciones de tu entorno por haber terminado con tu pareja, a que por el contrario, decidas darle una tercera oportunidad, de sentarte a dialogar como lo sugiere el concepto de «adulto» de esta era, para a la final anunciar al mundo que volviste con tu ex. Al igual que un nerd en los 90, eres automáticamente excluido de tu círculo social. Los juicios y opiniones de cómo estás cometiendo un gigantesco error no se hacen esperar, y por último, estás tan rodeado de consejos de personas cuyo título universitario está muy lejos de la psicología, que resultas terminando nuevamente con tu pareja, teniendo que aguantar las variaciones entre «te lo dije» y «fue lo mejor». Casi inmediatamente te muestran el catalogo de las nuevas oportunidades que te brinda el universo al haber dejado esa relación tóxica, tal como lo haría un vendedor de autos; pero detrás de todo este libro de auto ayuda (mayormente brindado por la opinión de los demás), obvia un capitulo muy importante: el dolor que sientes al dejar ir a esa persona, al amor que realmente sentiste estando a su lado. Incluso borran por completo la parte en la que visualizaste por un instante tu futuro al lado de esa persona. Este proceso de renunciar y buscar lo que supuestamente mereces, te bloquea de lo bueno que realmente tenías. Las obras de arte no serían tan valiosas si fueran milimétricamente perfectas, las relaciones funcionan igual: mientras menos se parezca el otro a ti, mayor probabilidad tendrás de convertirte en una mejor persona.

Renunciar es igual que la muerte: es fácil, te brinda descanso y tranquilidad, pero ¿qué tiene eso de emocionante? Bien dice una frase antigua, «lo bueno nunca es fácil, lo fácil nunca es bueno». Sé que la lucha entre la imagen que compartieron en Instagram de «no te rindas» y rendirse es bastante dura; más aún cuando debes estar justo en la línea divisoria entre el amor propio de renunciar a lo que no te conviene, y el amor propio de luchar por lo que sí te conviene. El dilema está en que esto solo puedes saberlo tú. Si decidiste quedarte como vendedor de hamburguesas para una cadena de comida rápida o si decidiste quedarte con la pareja infiel, es tu felicidad la que importa, no el juicio que omitan los demás. Por lo tanto, no des tantas explicaciones (la gente no las necesita), no cuentes todo lo que sucede (a la mayoría no le importa o solo le importa el chisme) y toma las riendas de la situación antes de decir adiós.

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